Palabras más, palabras menos
Así cantaban Los Rodriguez allá por el '95. Porque lo más difícil es expresar con palabras un sentimiento. Y a diferencia de lo que nos hizo creer Extreme con su baladita soft colmada de coros y golpeteos de guitarras, uno puede cuidar cada detalle, demostrarlo con 1.000 gestos y modos diferentes, pero por alguna razón eso no basta. Necesitamos escucharlo claramente. Sin frases hechas, sin anestesia.
Y son “esas” palabras las que hacen que todas nuestras fichas caigan de golpe, que desaparezcan todas nuestras conjeturas, nuestras fantasías, nuestros prejuicios y fantasmas. Las que nos hacen reaccionar.
Son las que nos dan mucho en qué pensar, o mejor aún, callan todo tipo de pensamiento.
Por eso es muy importante saber elegir. Muchas cosas entran en juego: el momento, el lugar, el estado de ánimo y por sobre todo las palabras que elegimos.
Y me pregunto por qué a veces cuesta tanto decir algunas cosas. No sólo cosas terribles y devastadoras como: “viste el vestido que me prestaste? bueno creo que lo quemé con la plancha”, sino cosas simples y corrientes como: “limpiate que te quedó un pedazo de acelga entre los dientes”.
Uno siente que se está ahogando, que la situación lo supera pero que no vale la pena abrir la boca. Hasta que “algo” pasa y todo lo que veníamos guardando (escondiendo diría yo, como se esconden las revistas porno), sale disparado por una explosión interna. Digo así y no implosión, porque las implosiones son prolijas, controladas, no hay desparramos. Sin embargo cuando algo explota hace ruido, hay fuego, heridos, sirenas, gritos. Incluso con las explosiones de alegría: fuegos artificiales en año nuevo, bombas de estruendo al final del campeonato y la mejor, reventar la cajita vacía del cepita en el recreo!
Entonces, ¿por qué esperar a que esto pase? ¿Por qué dejamos que el orgullo domine nuestros impulsos?
Es quizá ese instinto de autoconservación lo que nos impide ponernos en un blanco fácil, no sacar a relucir esa tendencia suicida. Porque es ahí, estando más vulnerables que nunca, con todos nuestros sentimientos en las manos, como si se tratara de un ramo de margaritas o en otros casos de una sierra eléctrica, cuando empezamos a “escupir” todo eso que veníamos masticando.
Y es la mirada que nos devuelve el otro las que nos anima, nos da fuerza para seguir o bien, nos la quita por completo, terminamos divagando, no diciendo nada, cambiando el sentido de las cosas, volviendo a meter en el bolsillo lo que nunca tendría que haber salido, para tenerlo ahí un rato hasta pasar por una esquina y tirarlo en un tacho.
Tener las palabras “justas” es una lotería en la que el pozo siempre queda vacante.
Todos conocemos las estadísticas, pero así y todo ¿quién no se juega un cartón de vez en cuando?

